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Martes de pandemia

Por Karla Vivianie Montañez Soto

En tiempos de pandemia, el amor es lo que cuenta, pero un amor limpio como el que tenemos Leo y yo. Ahora hay que entrar a la casa y desnudarse en la entrada. Hace tiempo que Leo y yo no teníamos tanta acción. Ya no tengo que tirarle una guiñada o él acariciarme la espalda para iniciar la cuestión. Sucede que en estos días el romance entra por la puerta. Los martes son un ritual en esta cuarentena. La canción de Carlos Puebla resuena: “la cuarentena bien lo retrata, pero puede ser que el tiro le salga por la culata”. Abuelo Coquí en Santa Clara sí que la pasó mal, por eso Leo sale todos los martes al supermercado para abastecernos con la paranoia de que nos bloqueen el puerto. Se expone como todo un héroe para comprarme chocolates y todo lo necesario para mi nueva dieta low carb. Mientras se encarga de su rol de proveedor de alimentos, me paso blower y me pinto las uñas, por eso de que la chispa no se apague. Cuando lo oigo descalzo por la casa y sé que ha dejado su ajuar en la puerta, cierro las persianas para que ningún voyerista me lo vea. Lo espero en el cuarto para no perder la costumbre.


¡Mira que estar recién casados y pasar por un encierro es tremendo! Lo único bueno ahora es que hay luz. Después del huracán María, dormíamos al revés para competir por el aire de la ventana. Era lo más romántico del mundo... A las 8:00 a. m. quitaban el agua en el condominio porque la racionaban, así que él apostaba a bañarse si le daba tiempo; y a eso de las 7:59 a.m., se metía a la bañera y se quedaba sin agua. A Leo nunca le ha gustado bañarse. Sus mañanas eran una tragedia griega. Se tenía que ir al trabajo con jabón en el pelo y decía que eran sus canas. Claro, que en María la cosa era peor que con el COVID. Yo hasta me desmayé en la fila de un fast food. Lo peor fue que nadie me creyó porque había gente tratando de evitar hacer la fila y colándose, así que mi soponcio quedó para la posteridad como la joven que se desmayó en Hato Rey por unas papitas y un refresco. En sus lenguas quedo...


Bueno, que la cosa que les quiero contar no es del huracán, es de mi vida de casada en la pandemia. Como les iba diciendo, Leo anda de lo más risueño ahora siempre que va al supermercado. Comprar comida para mí y para la cachorrita no es cosa fácil. Hay que tenerle a Winnie huesos para la ansiedad, aceitados en lavanda; y a mí, mantecado sin azúcar porque estoy cuidando mi figura para cuando nos dejen salir, quepa por la puerta. ¡Qué hombre tan virtuoso me gasto! Por eso, el pasado martes, por ser nuestro tercer aniversario, le tenía una sorpresa. Justo cuando se dirigió al cuarto lo recibí vestida con el traje de novia puesto, una mascarilla y unos guantes. Me miró asustado y me dijo:

—Honey, creo que estás enloqueciendo.

—Sí, un poco. Leo, vamos a renovar los votos matrimoniales, es fácil, hazme caso.

Accedió a mi pedido, pues siempre complaciente prefiere seguirme la corriente. Lo besé con la mascarilla puesta, lo perfumé con hand sanitizer orgánico de eucalipto y acaricié con mis guantes su cabello, que conserva aún el recorte que le hice pasándole la uno. Creo que ya no tiene que ir más nunca al barbero, le dejé senda calva en el medio de la cabeza. Él es tan bueno que dice que son entradas. Yo veo que tiene más salidas, pero eso es un tema delicado. A los hombres no les gusta sentirse calvos, es algo bíblico, creo, por lo de Sansón...


Fue así, yo vestidita de novia apocalíptica y él en calzones con los tenis puestos, que nos miramos fijamente a los ojos y le leí mis votos nuevos: Mi querido Leo, te prometo veranos como el del 19, te amaré siempre sin luz como en María, y te consolaré diciendo que la perrita está debajo de la cama y que no es un temblor. Prometo serte fiel, nunca te haré un telegram gate y te aseguro que a mí nunca me pedirás la renuncia. Conmovido con la musa, se arrodilló y recitó el poema más esotérico que escucharás:


Honey, prometo no donarle los $1,200 de Trump a los macheteros. Te cuidaré como el Task Force, pero con 38 millones de te quieros. Te propagaré este amor como la gente que se pone la mascarilla solo en la boca mientras hablan por teléfono. Te dejaré ser tú y nunca fiscalizaré lo que compras en Amazon, aunque te advierto que la piscina de 10 pies no cabe en el patio. Aquí no hay PROMESAS, porque tú y yo #NoTenemosMiedo.

Luego de jurarnos amor eterno nuevamente, contra viento huracanado, demagogias, anarquías, temblores y pandemia, nos tiramos a la cama a hacer lo que más nos gusta... ver Shark Tank. Ya les contaré qué pasa la semana que viene cuando Leo llegue del supermercado, pero estos martes de pandemia, prometen...





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